No es casualidad, que el aburrimiento usual se nos resbale por las manos como notas musicales cayendo lentamente de un atril recién estrenado. Ni yo soy Ian Curtis, ni usted es William Burroughs; de ninguna manera salvará usted mi vida como de ninguna forma podría yo ser inspiración para la suya. Recogemos con fácil empatía los frascos de colores guaché que alguna vez compramos para pintarnos caritas felices en lugares interesantes y poco ortodoxos de nuestros cuerpos. Ahora con costos nos vemos a los ojos, pues con poca y certera culpa extrañamos ese delicioso hastío en espiral en el que cayeron la mitad de esos pensamientos ya exprimidos y sin madurar.
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