En general, somos una generación muy dada a la acetaminofén: cualquier cosa que a uno le duele, le estorba o le aqueja, se soluciona tomando dos pastillitas de las que se compran baratas en la farmacia. Es más, la mayor parte de las veces, cuando uno está desesperado haciendo fila en emergencias del Calderón Guardia, es recibido por un practicante de sonrisa amable que le receta, con galenos garabatos, unas cuantas dosis de la mentada pastillita. La acetaminofén se ha convertido en una suerte de “pomada canaria”, siendo que lo que no quita lo tapa por un rato, y es así como a través de los años, ha ido desplazando las “curas” y remedios caseros de las abuelas, que si bien en muchos casos tienen más de creyencería que de medicina, a veces resultan útiles para emergencias y se preparan con recetas caseras sencillas.
Tal vez hasta ahora no hemos dicho nada que lo vaya a convencer a usted, querido lector, de la utilidad de la medicina tradicional, pero algunos de los ejemplos que se suceden a continuación podrían ayudarle a abrir la mente y experimentar la ciencia milenaria de los “bebedizos” abuelescos.
Imagínese que está solo en su casa, que espera la importante y primera visita de sus suegros, que tiene mucho desorden para recoger, y que el lío de papas fritas con ruso blanco de anoche le tiene la panza hecha un colocho. Que desde hace más o menos media hora tiene que correr hasta el sanitario desafiando los límites de la velocidad, y que no puede recurrir a nadie para que lo saque del apuro yendo a comprarle un tapón a la farmacia de la esquina. El tiempo pasa, ya el traste le duele un poquito, y si la cosa sigue a como va, puede que sus suegros y noviecita (ito) se encuentren con un muerto pasado por caca cuando lleguen. En un caso de extremada urgencia, como el que le acabamos de describir, lo más conveniente es visitar ese terreno misterioso que es la cocina de su casa y buscar, en las gavetas en las que vea que su mamá guarda harinas, sales y demás polvos mágicos, un recipiente que contenga almidón de yuca. Este polvito, de consistencia parecida a la de la fécula de maíz, tiene el poder de acabar con su problema: disuelva una cucharadita en un vaso con agua, agréguele el jugo de medio limón ácido y zámpeselo como quien se echa un tequilazo. Repose tranquilito (ita) durante un rato, vaya al baño de ser necesario, y después no piense más en el asunto. Dedíquese a limpiar la casa y haga como si no hubiera pasado nada. Después de un par de horitas su organismo habrá reaccionado al menjurje y usted tendrá paz mental y rectal.
Ahora que hemos logrado captar su atención, no le vamos a dar más ejemplos prosaicos y fantasiosos. Le enumeramos entonces una serie de situaciones, y los remedios caseros que, según la sapiencia milenaria de la medicina natural le van ayudar a resolverlas, o al menos a pasar por ellas con dignidad mientras llega el doctor (la lista es arbitraria y coloca de primero lo que más nos interesa a nosotros, no espere orden alfabético ni nada por el estilo):
Caseras sencillas.
Tos. Hay dos tipos, seca o con flema. Para la primera, se recomiendan diversos bebedizos, como el té de hojas de mango, la sopa de gallina, el jugo de rábano, el té de zacate limón o de romero. También vaporizaciones de eucalipto y la leche con orégano.
Para la segunda, lo primero que debe ser acotado aquí es que los lácteos son fatales. Puede tomar té de orégano, o hacer un cocido de hojas de guayaba, de mango, zacate limón, unas ramitas de ciprés, agua y tapa de dulce.
Para ambas son recomendables las frotaciones de pecho con algún agente expectorante de tipo zepol, así como las gárgaras de ciprés. En ningún caso se deberá utilizar la miel de abeja para tratar las afecciones de la garganta, pues esta funciona como un conductor de bacterias que lo que hace es joderle a usted más su vida.
Resfríos. Nada mejor que un buen vaso de limonada sin azúcar, o una frotación con enjundia de gallina. También funcionan los emplastos de miel de abeja en el pecho, cubiertos con hojas de periódico y dejados hasta la mañana siguiente (la única contraindicación en este caso, es el zambrote que se le va a armar encima, o las hormigas...)
Bajar una fiebre. Salga al patio de la casa, haga un hueco. Traiga la tierra para adentro y échela en un tarro. Agregue agua (no mucha, que se le hace un despiche) y amase, hasta formar una pasta manejable que no se le escurra de las manos. Forme una tortilla de tierra y póngasela en la panza. Cubra con un paño. Cuando se seque, cámbiela por otra fresca. Continúe hasta que se le baje la calentura. Otra opción más sencilla es sentarse en una palangana de agua fría (sí, con las nalgas peladas).
Goma. Cualquier cosa que lo haga vomitar, desde café con sal hasta otro trago. Para aliviar el dolor de jupa y panza, que siempre vienen juntos, se recomienda batir una yema de huevo en una taza de café tinto y tomársela de un trago. Para asentar el estómago, es infalible el fresco de mozote, porque la baba que tiene le hace a sus paredes estomacales una película delgadita que ayuda a aliviar el maltrato producido por el alcohol. También puede tomar jugo de papaya, que tiene el mismo efecto. Desde experiencias más novedosas y actuales, le recomendamos un desayuno cargado de vitamina B: huevos fritos, jugo de naranja, pan con queso.
Desodorizantes corporales y otras bondades. Si le pasa que se le acabó la pasta de dientes, puede echarse a la boca un poquito de bicarbonato y utilizar el cepillo normalmente. La sal también funciona, pero sabe peor.
Puede sustituir el chicle por clavos de olor o pedacitos de jengibre.
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kbk @ Tue Jun 17 15:56:02 -0500 2008
Super útil (y) Debería uno de imprimirlo y guindarlo en la pared.
Otra que me contaron y me confirmaron son los orines para los hongos en las uñas (pies o manos).