Comewevos - Casa Teka

Casa Teka

por Karla Sterloff

Fue un semestre agotador. Al final logramos tener los últimos bretes coordinados para jalar en busca del sol y la paz que tanto hace falta en Chepe. El último detalle por ajustar era planear una estadía cómoda en la playa que no implicara morirse de hambre frente al mar o mojarse cuando al Pacífico se le antoje mandar uno de esos aguaceros que en esta época del año, sí existen en la playa. Lo logramos. Estuvimos 8 días y comimos como si lleváramos a la abuelita de cocinera, todo gracias a Casa Teka y a la facilidad de este lugar para sentirnos como en casa, a sólo 50 metros del mar.

El viaje es largo, pero vale la pena. A las 7 a.m. abordamos el bus para Malpaís en la terminal de la Coca Cola, que no es tan peligrosa como le han dicho, y menos si usted anda con la estampa de pobretonas con que salimos nosotras esa mañana. Los cinco mil pesos del pasaje incluyen el traslado en ferry que se hace desde Puntarenas, asientos reclinables y aire acondicionado durante las seis horas hasta el destino final.

De la última parada del bus, 300 m al norte sobre la calle principal de Playa Carmen, llegamos a Casa Teka. No busque el rótulo porque no tiene. Usted puede reconocer este hostal porque está pintado de negro y tiene ruedas. Sí, ruedas... Dos columnas de madera escoltadas por figuras de piedra dan la bienvenida, si de repente le dan ganas de darse media vuelta y salir corriendo, la recomendación es que no lo haga.

El hombre clave en este lugar se llama Arthur. Pregunte por Arthur aunque no lo conozca. Cuando lo conozca no trate de huir. Es importante que disimule el susto, sonría y extienda la mano a este gigante de perpetuo traje blanco y cigarro. Arthur es el dueño del lugar y el que se encarga de echarle una ojeada al cliente para aceptarlo o no en el chante. El no sonríe nunca, esto es normal y no una señal de que usted es rechazado. Si usted tiene pinta de estudiante universitario del tercer mundo, artesano, mochilero suramericano, surfista pobre, ser humano desadaptado, si es de los que lee esta revista, sin lugar a dudas lo dejará entrar y pasar ahí una de las mejores vacaciones de su vida por tres mil colones la noche con derecho estadía, baño, cocina y desayuno. El desayuno es de lo mejor: huevos, arepas, café, leche, cereal, mmm y usted puede comer hasta quedar inmóvil en la silla y ser devorado por los mosquitos… pero acá lo normal es compartir, así que vaya listo para cocinar para diez personas alguna de las noches a cambio de que le cocinen o que lo inviten a comer pizza cualquier otro día.

Este holandés de dos metros llegó hace 5 años al país con la idea de mandar a la porra el ritmo de vida que había mantenido como ingeniero civil responsable de la construcción de importantes proyectos turísticos a lo largo de 25 países del mundo. La verdad es que nosotras allá, sin Wikipedia a la mano, no sabíamos si creerle cuando cuenta que construyó un hotel atravesado por unas cataratas en Yakarta (Indonesia). Suponemos que por la seriedad con que lo dice, es porque realmente sí existe un lugar en el mundo con ese nombre.

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