Las Pequeñas Victorias

  • Probablemente usted sepa que no es Superman. Es más, está convencido de encontrarse muy lejos de ser el macho alfa perseguido por las nenas y envidiado por congéneres. Usted lo sospecha e intenta disimularlo; no es el más interesante ni el más guapo de su grupo de amigos. Baila torpemente todos los ritmos en todas las circunstancias; carece de talento artístico (desgraciadamente no se ha encontrado todavía una vía infalible de contagio) y no es particularmente inteligente ni tiene el mejor brete de su generación.

    Podría incluso decirse que su único mérito es haberse conseguido un grupo de personas agradables, graciosas, inteligentes e interesantes que estén dispuestos a hacerse llamar amigos suyos. O tiene un perro que lo quiere. Bueno… en el peor de los casos por lo menos tiene un paladín nivel 70 en Kargath.

    Puede que no sea un superhombre, pero indudablemente está lejos de ser un pelele cualquiera. No es lo que llamaríamos "definitivamente feo", no tiene malos gustos musicales, ha leído bastante, en el cole era un atleta o cuasiartista talentoso y talvez hasta ha tenido buena suerte con las féminas. Es chistoso o romántico cuando se lo propone, canta impecablemente en los karaokes, tiene el talento (a veces vergonzoso) de recordar la letra de las canciones más obtusas imaginables. Y sí, hasta es un buen amigo.

    Si señor, así somos todos. Todos tenemos nuestros buenos momentos, esas pequeñas victorias cotidianas que sutilmente, efectivamente, nos chinean el cariño propio y elevan milimétricamente el siempre hambriento ego. Muchas veces no los percibimos ni podríamos recordarlos pero ahí están, ahí estuvieron, humildes triunfos de un tipo cualquiera en un mundo adicto a las hipérboles.

    Pero, ¿cuáles son esas victorias? ¡No me puede decir que levantarse temprano para ir a trabajar es algo para enorgullecerse! Claro que no, pero si lo hizo el día siguiente de su fiesta de cumpleaños o si sólo durmió 4 horas por quedarse hasta tarde bailando en Castro's (no le dé vergüenza, todos lo hacemos), considérese un héroe. Pocos de sus conocidos logran hazañas como las suyas: la gran mayoría inventan excusas para quedarse viendo tele, otros van a la fiesta y se despiden a las 10, cuando todavía los gatos están lejos de ser pardos. Usted en cambio es un valiente, un soldado. Bailó a pesar de su torpeza congénita, tomó en exceso arriesgando el único riñón que le concedió natura, usted ayudó a su compa a ligarse a la machita que lo enjachaba desde que entraron al bar, usted era el único al que le quedaban cigarros a las 3 de la mañana. Usted amigo mío, usted es grande.

    Otras veces las victorias son privadas, son esas ocasiones en que sus triunfos no dependen de usted. Son leves guiños que la vida le hace, cuando usted menos lo espera, cuando ni siquiera se lo merece. Puede que sea un miércoles cualquiera; sin plata, sin planes de nada, sin novia, sin carro, sin gracia ni desgracia. Se aburre, pasea por la red, revisa el correo, entra a su perfil en la red social de moda. Encuentra una sorpresa, un mensaje de una desconocida. Saluda como un caballero, examina con minuciosidad de orfebre las fotos de la inesperada interesada. No es de mal ver la nena, en cuanto ella responde su inocente saludo usted se atreve a invitar al mensajeo. En cuestión de dos días usted ya conoce sus grupos favoritos, el nombre de sus mascotas, ha visto todas sus fotos embellecidas por Photoshop y la ha invitado a un café (que siempre suena inocente, pero "el café" es probablemente la bebida más prostituida por los hombres, "el café" es la hablada, es la emboscada, el café es la jauría de mastines) la tarde del viernes. Usted mi amigo, si es diestro y convincente, ya tiene con qué entretenerse los siguientes fines de semana. Anótese una victoria y agradezca otra vez más a la infalible trampa que es Café Mundo.

    Existen también los triunfos mínimos, esos que le causan una sonrisa tonta de satisfacción pero que en grandes números pueden hacer espléndido su día. Como esas ocasiones en que escarba de su bolsillo el monto exacto para pagarle al pulpero; cuando el bus llega a la parada al mismo tiempo que usted; el golazo (guaba incuestionable) que hizo en la mejenga y le dio el gane al poco de perras que le acompañaban en el equipo; y para coronar el día, sus tatas se van a pasear y queda solo en la casa. ¿Se apuntará aquella mae?

    Probablemente no. Recuerde que su vida no es precisamente una epopeya. Y sin embargo, gracias a estas hazañas de bolsillo, su vida tampoco calificaría nunca como una tragedia. Si bien acostumbra gimotear sobre sus patéticas penas cada vez que algún amigo le presta la suficiente atención, en realidad no tiene de qué quejarse. Su vida no apesta (tanto), aunque no quiera aceptarlo.

    Por eso, mientras sigan apareciendo billetes olvidados en sus pantalones y usted continúe atreviéndose a desafiar las inexorables leyes de Murphy, puede estar seguro de que si bien no es Superman, cuando se lo propone tiene sus buenos momentos heroicos.

    Como hoy, que la nena se apuntó. Quién se lo hubiera imaginado.

Ilustraciones: María José Da Luz
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