Gallina en patio ajeno: Infiltrado en un Night Club

  • Luego de varias vueltas en carro por las cuadras de San Pedro, aburrido, sin ganas de quedarme en casa, lo menos que tenía planeado para esa noche era parar en un night club. Pero sin mucho preámbulo caí directo en D’Pelufos. Ese destartalado lugar que solo por mito conocía, es posiblemente obligada terapia sexual para la mayoría de población en Costa Rica. Los que no han ido lo conocen por referencia, incluido el sexo femenino. El hermano, el primo, el amigo del primo, el amigo de alguien que alguien conoce, tienen una historia acerca de. Es más, el putero se convirtió en franquicia; ahora existen varios a lo largo y ancho del territorio, para suplir las necesidades de los deseosos y prematuros eyaculadores. A mí me recibió una guapa, joven, y despechugada mujer; que me agarró la entrepierna, me apretó la jareta y me dijo bien de cerquita: ¡que rica la tiene papi! Lo que no corrió en su imaginación, es que entre manos tenía la de un profeso homosexual, a quién la curiosidad casi lo mata, una noche, de un viernes, de un mes, en un año de rata.

    El horóscopo chino me auguraba para el dos mil ocho una grandísima carga erótica, sin que esto para mí significara algún tipo de experiencia con el sexo opuesto. “Tendrás ganas de experimentar algo distinto, quizás algo secreto que te provocará”, decía la cartilla. Yo esperaba otra cosa, pero sentí parte de aquel presagio cumplirse desde que me puse debajo de una intensa luz de neón. Primero fue el flash de una cámara que no existía el que me inmovilizó. Quedé con la boca abierta, la cédula en mano y las pupilas dilatadas. El movimiento sincrónico entre las manos de la nena, mi rostro de susto, y mi verga encogida, revelaron una foto tensa, con cara de niño y de timidez nata.

    Era de esperar, mis pocos antecedentes en la materia se remontan a la adolescencia, cuando dos treintonas putas se pasaron a vivir a una cuadra de la casa, y varios vecinos nos subíamos a un alto árbol de manzanas de agua que daba justo a la ventana de la cocina. Lavaban los platos sin t-shirt. Después, con mis compañeros de colegio, realizamos una que otra visita a varios antros de esos que llaman de mala muerte sin que lo sean. Eran esas épocas en que ver una teta pelada o escuchar el sonido de una porno con imagen de hormigas en Canal 19 motivaba la exaltación. La educación sexual uno se la hacía en la calle. No muy diferente tal vez a como es ahora.

  • En mi menté creí que camuflaría la visita con una simple gorra y la mirada abajo. Confiaba también en el no parece de algunos que me conocen, para no cantarme sin guitarra. La verdad es que no quería ser objeto de atención de nadie. Pedí una rubia ?mejor una Pilsen, me dije? para no delatar mejores gustos por alguna de esas cervezas dirigidas publicitariamente a féminas aunque tengan más alcohol. Me senté justo en la esquina, atrasito, donde había menos luz y me transformé en varón. Adopté a ese personaje que tantos posan en sociedad. Y comenzó mi función.

    Hay pesadas cortinas que se cierran y abren, donde entran y salen, hombres y la mujer. Atentos a la desnudez, las cervezas y los cigarros caen por las paredes. Hay hombres jóvenes, algunos ya menos, y otros viejos que parecen haber hecho de esto su forma de vida. Algunas corbatas se cuelgan del techo. Burócratas liberando el estrés semanal. Una buena mamada puede relajar a cualquiera, pensé, aunque no sé si las darán. Dos tipos grandes cuidan a las trabajadoras que se pasean por las mesas. La mayoría eso sí, se agrupan en una donde esperan su turno para el show.

    A escasos metros, un grupo de adolescentes celebra el cumpleaños de un acabado menor. En evidente estado de ebriedad, los jóvenes darán el obsequio, pagando entre todos un baile privado. El animador anuncia la llegada de Tracy, quien emulando a la Moore en Striptease, inicia movimientos de alta destreza en el tubo plateado, que para mí sorpresa, gira sobre su propio eje, como la Tierra. Lo mejor para los oídos y bolsillos de los muchachos fue la oferta: quien subiera al escenario y cumpliera la prueba, tendría derecho a un baile en el cuartillo. No se espero respuesta, el joven sin pena y con más gloria, pedía enfilarse al ejército de testosterona, sin imaginar el costo de tener una cereza en la punta del pastel.

    Por mí corría un sudor frío, pues aunque escondido, estoy en dirección y mira de la bailarina, que nota un terror en el rostro y se ríe. Yo le respondo lento. Mis dotes de actor se desvanecen cuando escucho casi mi nombre sin que nadie lo supiera. Y me escapo por otra rubia, mejor otra Pilsen, y me zampo casi la mitad. Estuve a un pelo.

    Tracy sube al cumpleañero, le quita la camisa, le toma con sus manos atrás y le esposa al tubo. Lo acaricia frente a un gran público de hombres y en ese momento la confusión se apodera de mi cabeza. Hasta aquel momento creía que solo a nosotros, homosexuales, gays, afeminados, locas, los que pateamos con la izquierda, nos gustaba ver a otro hombre excitado. ¿Esto no está pasando? Debo haber bebido muy rápido. La algarabía aumenta cuando la bailarina deja totalmente desnudo al muchacho, y al unísono el lugar suelta la risa, pues el joven aunque en estado de erección, posee un pene más que pequeño. La hombría expuesta. Y Tracy remata, en tiro de gracia, con un cigarro para apagar en el mojado torso del decimo octavo cumpleaños y la piel, que se quema y me huele, recibe un uyyyyyyy coreado por tantos.

    A estas alturas el muchacho está estupefacto y dolido. Le suben el pantalón y termina en acto sadomasoquista, fajeado en una espalda que del color blanco adquiere un rojo sangriento. Luego de un multitudinario aplauso el joven recibe su premio. Baja, se dirige al cuarto y vuelve como hombre, hecho, derecho y sonriente.

    Yo me quedo inmóvil por minutos. Al rato me levanto intranquilo, pupilas de nuevo dilatadas. Trato de explicarme la escena y el disfrute en sus múltiples formas. Pido que me la toquen de nuevo, a ver si esto es real. Solo a este homosexual, que tampoco le gusta el gueto, se le ocurre meterse a ver lo que no debe. Y me meto por un huequito y me salgo por el otro, hoy te conté un cuento, mañana vos me contás otro.

Ilustración artículo: Alonso Lopez

Ilustración Gallina en Patio Ajeno: Nathyelli Acuña
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