Gallina en Patio Ajeno: Solterona en una Boda
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Se suponía que ya esa edad había pasado. Esa, en la que una iba viendo cómo se te iban casando las amigas, las primas, las conocidas, por interés, por torta y por amor. Cuando la lista de bodas te provocaba envidia y preocupación al verla llena de tus conocidos. Cuando cada fin de semana entraba el dilema de a quién obligo a acompañarme a esta boda en el hotel de siempre so pena de que me sienten en la mesa de la gente rara y de tener que reconocer, de nuevo, públicamente, que no hace falta que indiquen discretamente en la invitación “Señorita fulana de tal y acompañante”, con la esperanza secreta de que le ganara por lo menos una tanda a esta sequía.
Conforme los veintes se iban acercando a los treinta y tantos, tus tías y tus abuelas empezaban a intercambiar miradas de preocupación por eso de que vos te fueras a quedar para vestir santos. La familia le daba tiempo a la cosa. La tía coqueta recomendaba cambio de cosméticos; la zorrona, ropita de tacón, enagüitas más cortas y mostrar la mercancía; la que se quedó solterona, bajar los estándares y no ponerse a verle tantos defectos a los cada vez más escasos príncipes azules; y la progresista, amenazaba con matar de infarto a la familia, afirmando después de sesudas observaciones que esa soledá tan marcada, esa ausencia de pareja, era señal incontrovertida de una de dos cosas, cuál más de las dos peor de terrible: o anda con un hombre casado o es lesbiana. Yo sé que mi mamá le prendía velas en el baño a alguna virgencita pidiendo que fuera lo del hombre casado.
Conforme te aferrás y estirás la condición de adulto joven y te consolás con eso de que la gente hoy vive más que antes y que en los países desarrollados la gente se casa ya roca y que los treintas son la nueva adolescencia y empezás las piruetas para evitar mencionar tu estado civil hasta en los documentos legales o contestás como la ministra de defensa francesa “es complicado” y te repetís el mantra de “Todavía a los 42 puedo tener un hijo sin riesgos”; la cantidad de invitaciones a bodas, afortunadamente, van disminuyendo, ahorrándote una vergüenza pública en vestido de fiesta con soundtrack de marcha nupciosa.
Peeeero se suponía también que la gente se casaba para toda la vida. Y ahora resulta que eso sigue siendo cierto, pero aplican restricciones. Ya para la noche de la luna de miel, nada está asegurado. Entonces, apenas estrenando en anillo, se separan, se divorcian, se odian, se van a vivir a otra casa, meten abogados, se tiran los peluches, hablan mal uno del otro, obligan a los amigos a tomar bandos, queman las fotos, se ofenden cuando les notifican pensiones y regímenes de visitas y muy pocas veces se reconcilian. Y luego conocen a alguien y con una amnesia digna de película gringa, se les olvidan los siete círculos del infierno y sí, se casan en segunda, tercera o cuarta vuelta con una versión mejorada o empeorada de la mujer-hombre que abandonaron. Y lo peor de todo, a mí, con mis treinta y seis años a cuestas, sin anillo en el dedo anular ni un “de von Schotter-Undurraga” que me defienda, me invitan a la boda, la fiesta, y en reconocimiento de mi veteranía, hasta a hacer el brindis.
Y ahí voy yo de soplas a recorrer mil tiendas la tarde antes de la fiesta buscando un vestido que no me haga parecer como una de las princesas de Disney pero ya cuasi cuarentona. No, señora, entienda: a mí el rosado barbie y las enaguas voladas no me lucen. Reclamando por ese diseñador que hace vestidos para lápices y no para mujeres con cadera ya desarrollada como si hubiera parido, como la mía. Qués, nunca han visto una mujer alta que tenga forma? Quejándome de esos vestidos hechos para usar sin brassier apenas para esas que vienen saliendo de la adolescencia. Sí, hay gravedad, y hasta a las que tenemos poquito, nos ataca. Condenando a esa moda que quiere que sea eternamente jóven donde solamente los jabones Dove tienen el premio de consolación de “old is biutiful”. Soportando al estilista de donde me corto el pelo, mientras me hace un moño a lo señorita Rottenmeier, asegurándome que no se van a ver esas canas y que saque cita pronto porque esas raíces están pidiendo a aullido limpio un tinte. Rebuscando en tiendas recomendadas medias panties de elástico desarrollado por el programa espacial secreto soviético, que me devuelvan la figura que tenía a los diecinueve, apriete la celulitis, meta esta micropanza inflada de tanta colitis producto de tanto abandono dietético y estrés laboral, porque les que quede claro una cosa: la solteronidad tiene como efecto colateral que me tengo que mantener yo sola.
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Y no quiero comprarme zapatitos divinos muy caros que me destrocen los pies aunque me vayan con el vestido. Quiero algo cómodo que me sirva además con el brete. No quiero comprarme esa carterita divina para fiestas. Quiero que alguien me la preste. Y quiero llegar tarde e irme temprano. Eso de enfiestarse hasta que amanezca, simplemente no es lo mío. A mí me da sueño a las diez de la noche y me pongo de mal humor cuando me desvelo. Los grupos musicales me revientan los tímpanos. No sé quienes son Marta y los del barrio ni sé bailar ninguno de esos ritmos. Reconozco solo las canciones del set del recuerdo y el vals de los novios. No me da la gana quedarme al carnaval para que algún desconocido me agarre de la cintura haciendo la conga y me sienta llantitas. No me hacen gracia los sombreros de payaso, antifaces o collarcitos de plástico. No es amargazón. Es un cambio propio del cruce de la frontera como de los 32 años y algún día algún ginecólogo, haciéndose el simpático, dirá que son síntoma de la pre menopausia.
Y me revienta cuando leo la invitación y dice el nombre del antídoto de turno y a mí, A MI, me tratan de “… y señora” , de accesorio del macho, a pesar de que soy YO la que conoce a los novios y por eso es que, para empezar, me invitan. Me enferma cuando nos llaman a los que hacemos discursos de que sean muy felices y se nota la duda y me escupen el “Señorita Alejandra Montiel” y yo me levanto con una sonrisa asesina y mientras camino hasta el micrófono pienso en empezar diciendo, en lugar de buenas noches, gracias por lo ese amarre de pelos con lo de señorita. Me pudre cuando llaman a las solteras al lanzamiento del bouquet y aquello parece la salida a recreo de algún colegio de monjas y la novia le ruega a las amigas rezongonas y de mí nadie se acuerda, ni me insisten, ni nada. Yo le sonrío a los demás de la mesa que me evitan discretamente la mirada y les aseguro que es un asunto de estado civil indefinido y no de que me consideran más allá de cualquier posibilidad redenciosa de casamiento.
"Me pudre cuando llaman a las solteras al lanzamiento del bouquet y aquello parece la salida a recreo de algún colegio de monjas y la novia le ruega a las amigas rezongonas y de mí nadie se acuerda, ni me insisten, ni nada."Nadie me invita a bailar. Voy de primera al buffet y no me pongo en cosas de solo comer ensalada. No me da pena acabar con las bocas de la mesa y ya suena con autoridad de matrona cuando digo “No tomo guaro, así que me trae una coca lai sin hielo y me llena el vaso cada vez que lo vea vacío”, porque el mesero contesta “sí señora”. Algunos de mis recuerdos de las primeras bodas a las que me invitaron son más viejos que varios de los invitados, sobre todo del lado de la novia. Empiezo mis comentarios con cosas como “cuando yo era chiquilla… “. Los piropos no son ni hormonalmente perturbadores ni de hombres libidinosos deseosos de comprender mis misterios, si no de las madres y abuelas de los novios que me congratulan porque me veo muy bonita y tienen el tacto de dejar por fuera la segunda parte “- a pesar de tus años”. Las miradas que acaparo son porque mido uno ochenta y solo por ganas de joder, me puse tacones altos y por la falta de costumbre, me cuesta un poco manejarlos.
Me consuelo pensando que un 98% de los hombres casados le dan vuelta a su mujer antes de haber cumplido los cuarenta años. Que cada año hay 7 mil divorcios vs 14 mil matricidios sin contar los separados. Que mis amigos me dicen “No seás bruta, no te casés, no te equivoqués, no te basta con todo lo que yo te digo?”, que en los tiempos en los que uno cambiaba el canal del tele a mano, Kung Fu filosofaba que “La búsqueda de una pareja es una búsqueda de toda la vida” que la sabiduría popular insiste en aquello de “Mejor sola que mal acompañada” y en casos desesperados lo de “Hombre casado mejor bocado”. Que me puedo inseminar artificialmente si lo que quiero es un hijito. Pero cada vez que me veo obligada a asistir a este rito social donde me restriegan el vestido blanco y la marcha nupcial en la cara, siento cuando mi reloj biológico agarra a patadas mi matriz en proceso de herrumbre y aunque trato de hacerme la loca, siempre termino oyendo sus gritos de “Y vos, QUÉ? Para cuándo, AH? PARA CUÁNDO?”

2008/09/25 | Galleto83