Cuasi-suicida Pre-menstrual
La vocecita de uno de los niños leía la página setenta del libro infantil utilizado para las clases de español. El capítulo contaba como una gaviota bebé se negaba a ser gaviota y deseaba ser un gato peludo y gordo, como aquellos gatos que la habían cuidado desde que salió del cascarón. La vocecilla dejó de escucharse luego de carraspear nerviosamente cuando se me aguaron los ojos y me bajaron dos lagrimones negros por la cara. Eran las 5:30pm y una veintena de mocosos no sabían si reírse de mí o acompañarme a llorar sobre el escritorio del aula.
Hasta ese momento me había aguantado las ganas. No se puede ser tan desdichada por un día de lluvia y andar paseando a todas las tristezas a la vez. Juntas, juntitas las desgraciadas tristezas mientras uno empieza a creerse cucaracha. Cucaracha que se lanza a un acantilado. Cucaracha triste y majada que se lanza a cualquier acantilado mientras los demás aplauden.
Horas antes, me había enterado de que un amigo querido presentaba su libro en pocos días y yo no había sido notificada, invitada, ni comunicada personalmente. Fue ahí cuando el nudo empezó a tender sus lazos sobre mi cuello. O no sé si fue después, cuando las lucecitas rojas de mis contactos en el chat empezaron a encenderse y nadie reparaba en mi tristeza, en si había amanecido viva o en si había muerto de ataque fulminante al miocardio, mientras quedaba mi ventana de gmail abierta. Me alejé desolada de la computadora y con un resentimiento perforándome el pecho bajé por una taza de café. Por aquello de que, como dicen las aguelitas, con una taza de café en la mano las tristezas son mejores, pero mentira, las abuelas no saben nada de este día que se arrastra como reptil.
Y sí, hace frío y se cuela por debajo de la puerta de la casa y además me siento gorda, un poco hinchada en las piernas y una espinilla amenaza por nacer justo al borde de la nariz. A esta edad uno debería tener hijos que le den motivos justificados para sentirse miserable, pero no tengo ninguno. De todas formas, hoy amanecí con ganas de llorar y no hay tiempo, así que me empujo al brete enfundada en la primera sueter que encontré en el armario.
De camino al trabajo, media hora para pensar autómatamente. Busco mejores pretextos para llorar y reviso: no hay ningún pariente o amigo enfermo, se acercan las vacaciones con el viaje acostumbrado a cualquier parte, mis padres viven, separados, sumidos en la inconsciencia de clase, pero viven, el mes pasado logré cancelar el préstamo de la compu y todavía me queda mi jeans preferido .
El tipo del Corolla rojo de atrás pita desesperado y con una habilidad sorprendente, media fracción de segundo después de que se ha puesto el verde en el semáforo. A estos conductores podría ponerles una bomba conectada al arrancador. Pasa por el carril del lado y me dice algo que interpreto a través del vidrio cerrado como una sentencia de muerte. A esta altura ya tengo un tenue dolor de cabeza y la absoluta convicción de que todos me odian como yo a ellos.
Justo antes de redactar la carta de despedida de este mundo, de renunciar al sexo, a los arcoíris, al chifrijo del Pizote y a Fito Paéz por el resto de la vida, antitos de llorar hasta que la última gota de rímel se desprendiera de mis pestañas, me da por revisar la agenda para marcar el día de mi muerte. Me fijo en la fecha de hace un mes, escrito con lapicero negro y con una carita infeliz al lado: ir al supermercado del chino, a comprar un paquete de tampax. Por si acaso, decido esperar a mañana.

2008/11/26 | jauever